DAD EL AGUA DE VIDA

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Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. (Juan 4: 14.)


En su conversación con la samaritana, en vez de desacreditar el pozo de Jacob, Cristo le presentó algo mejor... Él dirigió la plática al tesoro que tenía para regalar, ofreciendo a la mujer algo mejor de lo que ella poseía: el agua de vida, el gozo y la esperanza del Evangelio.

¡Cuánto interés manifestó Cristo en esta mujer! ¡Qué fervientes y elocuentes fueron sus palabras! Después de escucharlas, la mujer dejó el cántaro, y se fue a la ciudad diciéndoles a todos cuantos encontraba: "Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?" Sabemos, por haberlo leído, que muchos samaritanos de esa ciudad creyeron en él. ¿Y quién puede estimar la influencia que esas palabras ejercieron para salvar almas en los años que pasaron desde entonces?

Jesús se relacionaba personalmente con los seres humanos. Él no se alejaba ni apartaba de los que necesitaban su ayuda. Entraba en las casas de los hombres, confortaba a los tristes, sanaba a los enfermos, instigaba al descuidado e iba haciendo bienes. Y si seguimos sus pasos, debemos hacer lo que él hizo. Debemos brindar a los hombres la misma ayuda que él les extendía.

El Señor desea que su palabra de gracia penetre en toda alma. En gran medida esto debe realizarse mediante un trabajo personal. Este fue el método de Cristo. Su obra se realizaba mayormente por medio de entrevistas personales. Dispensaba una fiel consideración al auditorio de una sola alma. Por medio de esa sola alma a menudo el mensaje se extendía a millares... Hay multitudes que nunca recibirán el Evangelio a menos que éste les sea llevado.
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Juan 6: 68-69

Juan 6: 68-69