El objetivo es claro: culpar a Israel de todos los males

 
Autor: Diego Martínez (*) España

La idea que uno puede formar de los siglos, del tiempo histórico, sólo puede lograrse mediante referencias a los acontecimientos, grandes o pequeños, que se han ido sucediendo en el espacio del tiempo. Es decir, mediante una especie de triangulación desde el punto de vista de un pueblo.
Las cronologías son listas de fechas que marcan el acontecimiento histórico; algo como una espectrografía, no ya del último siglo, sino de toda su historia. La celebración de Rosh Hashaná es una fecha importante para el recuerdo y también para el futuro.
Por ello, de la importancia que adquieren con el tiempo, sólo nos damos cuenta cuando hay una cierta distancia, que se repite en la vida de un pueblo.
Una Alemania desesperada y empobrecida empujó a su país a un disparatado neo nacionalismo que acabaría en el nacionalsocialismo de Hitler y su barbarie. Una ola de sangre y de hambre sería la primera consecuencia. El nazismo acabaría en racismo: su deificación de la raza aria derivó a la persecución antisemita que condujo durante la Segunda Guerra Mundial al exterminio de millones de judíos. Ante la creciente amenaza hitleriana, Europa titubeó. Los políticos cedieron, y así se llegó al vergonzoso Holocausto. Fue el Apocalipsis, el exterminio de un pueblo, el judío.
La capacidad para el mal no ha parado. El mahometismo ha tratado de resurgir (surgió) de su letargo, pero apoyándose, sobre todo, en aspiraciones políticas extremistas, fundado en el enriquecimiento ocasional y súbito de varios países musulmanes en los que Occidente descubrió riquezas ignoradas: los pozos de petróleo suministradores de materias primas indispensables a la vida económica e industrial de un Occidente consumista y alicaído. El aumento de la tensión en Oriente Medio hizo cobrar fuerzas a fantasmas recurrentes y reales como el terrorismo islámico y otros casi olvidados: los viejos “petrodólares”. Y los planteamientos políticos en los Estados de la zona coinciden evidentemente con una actuación del interés del mundo financiero árabe e islámico.
Normalmente suele culparse a Israel de todos los males y sufrimientos de los palestinos. La salida de algo más de medio millón tras la guerra de los árabes contra la creación del Estado de Israel en 1948 sería la causa de ello. Pero incluso aceptando que así fuera, ello no explica por qué estos refugiados, descendientes de aquellos expulsados al principio, son considerados ciudadanos de segunda, si no de tercera clase, en los países árabes de acogida, en teoría sus verdaderos hermanos.
Hay que recordar que de aquel medio millón de refugiados de 1948 han pasado a ser ya más de cinco millones. Pero lo más relevante no es el número, sino el maltrato que han recibido en toda la región y las condiciones infrahumanas en las que en muchos casos los dirigentes árabes han optado por mantenerlos para poder jugar así con ellos ante la opinión mundial y en contra de Israel.
De esto, ni los Gobiernos ni los medios occidentales dicen nada. Callan, prefiriendo participar aparentemente en un juego peligroso e impúdico.
El proceso de la política de Occidente para Oriente Medio -y más concretamente para el problema palestino-israelí- se explica por dos errores fundamentales. El primero se sitúa en el funcionamiento mismo de la política definida por los países occidentales para la zona, que consideran “defensa” -una enfermedad en sí misma, mientras que es síntoma de un mal endémico terrorismo- de los grupos extremistas desde mucho antes de la creación del Estado de Israel.
Los intereses mandan y, por tanto, no se intentó luchar par combatir una epidemia que, poco a poco, iba generando nuevos brotes contagiosos. Y la culpa, como siempre, es del médico (Israel) y no de los doctores en medicina preventiva (los países occidentales desarrollados).
El segundo error es menospreciar la eficacia de los recursos militares y de protección que tienen estas organizaciones terroristas, importantes ambos.
Atacar a un Estado legítimo como Israel, con material bélico de primer orden, nos permite detectar correctamente los problemas: Occidente se convierte en suministrador de armamento a países como Irán o Siria que, a su vez, arman a los grupos del Islam extremista. Esta “guerra asimétrica” -que no distingue entre militares y civiles y sitúa el conflicto allí donde es más fácil cometer el atentado- es extremadamente costosa, totalmente ineficaz y fuente de unos problemas que pueden conducir a situaciones impensables.
Por otra parte, es ilusorio creer que los países democráticos del mundo industrializado están haciendo todo lo posible para erradicar esta situación. La globalización de la economía -ahora inmersa en una profunda crisis- es el verdadero salvoconducto con el que Occidente mueve sus peones en ese tablero de ajedrez sangriento. Eso sí, amparándose en las necesidades de preservar las libertades y los derechos fundamentales de los contendientes, principalmente el palestino.
La seguridad y la pacificación deben encontrarse en el diálogo. Más que una “guerra asimétrica”, esto exige entablar diálogos políticos en busca de soluciones negociadas allí donde las reivindicaciones corren el riesgo de expresarse violentamente. Se trata pues de soluciones pacíficas y prevención de conflictos venideros -si es que alguna vez han cesado-, que deben constituir además los fundamentos de la política exterior y de seguridad del llamado mundo democrático.
Encuentros como el de Taba, de enero del año 2001, marcaron el punto más avanzado de este tipo de negociaciones. Precisamente, el actual ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, estuvo presente en dicha negociación como representante de la Unión Europea. Pasará a la historia, sin duda, pero también porque no volvió a sentarse a una mesa de negociación.
Sólo aprovechó la Presidencia española de turno en la Unión Europea para intentar forzar, sin consenso ni diálogo con sus socios comunitarios, la creación de un Estado palestino para el año 2011. Porque, aún ahora, hay que conceder prioridad absoluta a la protección de los intereses árabes que, a fin de cuentas, son también los intereses de Occidente.
Para alcanzar un modelo democrático -por cierto, sólo Israel lo representa en Oriente Medio-, se tiene que negociar. Pero es el propio Estado israelí, precisamente, el acusado por un Occidente dependiente energéticamente de los países árabes -verdaderos avalistas de las organizaciones del Islam extremista- de todos los males. Y lo más curioso, donde más se acentúa este hecho es en países como España, que está gobernado por las llamadas “fuerzas progresistas” alineadas con Palestina. Es decir, para los partidos que apoyan estos Gobiernos las demás opciones políticas no avanzan, retroceden. Algo descabellado en pleno siglo XXI, y algo irracional si observamos la evolución occidental en tiempos precedentes.
Una de las lecciones morales que se pueden extraer de todo este conflicto es la excepcional responsabilidad de los ciudadanos a las manipulaciones mediáticas. En España o fuera de ella, cada día es más la gente que ya no soporta ser engañada. Denuncia la desviación tramposa de los medios como uno de los problemas más graves de la democracia contemporánea. Y es que algunos, por intereses económicos y geoestratégicos, quieren abortar la paz. Ese es su objetivo.
(*) Diego Martínez es periodista español.
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Juan 6: 68-69

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