Martirio de Andrés

Andrés, el hijo de Jonás y hermano de Pedro, era nativo de Betsaida, Galilea. Primeramente había sido discípulo de Juan el Bautista. Y ya que era mayor que Pedro y llegó a conocer a Cristo antes que aquel, llevó a su hermano a Cristo, el verdadero Mesías. Siendo pescador como Pedro, el Señor le llamó prometiendo hacerlo pescador de hombres. (Juan 1:40-44), (Mateo 4:18-19)

Él, junto con sus compañeros en el ministerio, recibió orden de predicar el evangelio en todo el mundo y en todas las naciones. Con este fin recibió el Espíritu Santo en toda su plenitud el día de Pentecostés.
Habiendo marchado en obediencia al mandato de Cristo, fue a enseñar a muchos lugares, tales como Ponto, Galacia, Bitinia, Antropofagia, y Escitia. También viajó por los países nórdicos y por los del sur, llegando a Bizancio, y más lejos aún, hasta Tracia, Macedonia, Tesalia y Acaya. Por todas partes predicaba a Cristo, convirtiendo a muchos al reino de Dios.
En cuanto a la causa y manera de su muerte, poseemos el siguiente relato: En Patras, ciudad de Acaya, convirtió a la fe cristiana, entre muchos otros, a Maximilia, esposa de Agueo, el gobernador. Por esta razón el gobernador se enfureció contra Andrés y lo amenazó de muerte en la cruz. Pero Andrés dijo al gobernador: “Si hubiera temido a la muerte de cruz, no habría predicado la majestad y la gloria de la cruz de Cristo.”
Los enemigos de la verdad, habiéndolo apresado, sentenciaron de muerte al apóstol Andrés. Él fue gozosamente al lugar donde iba a ser crucificado. Llegando a la cruz, dijo: “¡Oh, amada cruz! Grandemente te he anhelado. Me gozo al verte aquí alzada. A ti me acerco con una conciencia pacífica y con alegría, deseando yo ser también crucificado, como discípulo de Cristo quien fue colgado en la cruz.” Y el apóstol entonces dijo más: “Cuanto más me acerco a la cruz, más me acerco a Dios. Y entre más lejos esté de la cruz, más lejos permanezco de Dios.”
El santo apóstol estuvo colgado en la cruz durante tres días. Sin embargo, no se calló y, mientras podía mover la lengua, instruía a los que venían junto a la cruz a creer en la verdad, diciendo entre otras cosas: “Gracias a mí Señor Jesucristo que, habiéndome usado por algún tiempo como embajador de su Palabra, me permite ahora tener este cuerpo, para que yo, por medio de una buena confesión, pueda obtener la gracia y la misericordia. Manténganse firmes en la Palabra y en la doctrina que han recibido, instruyéndose los unos a los otros, para que puedan vivir juntamente con Dios en la eternidad y recibir el fruto de sus promesas.”
Los cristianos y otras personas piadosas suplicaron al gobernador que les entregara a Andrés para bajarlo de la cruz. (Pues al parecer, a él no lo clavaron en la cruz como Cristo, más bien lo amarraron.) Pero cuando el apóstol se enteró de aquello, alzó la voz a Dios, diciendo: “¡Oh, Señor Jesucristo!, no permitas que tu siervo que aquí cuelga de este árbol por tu nombre, sea soltado otra vez para morar entre los hombres; sino recíbeme. ¡Oh mí Señor, mí Dios! A quien he amado, a quien he conocido, a quien me aferro, a quien deseo ver, y en quien soy lo que soy.” Y habiendo dicho estas palabras, el santo apóstol entregó su espíritu en manos de su Padre celestial.
De “Martyr’s mirror”
Thielman Jans van Braght, 1659 d.C
Traducido por Olen Yutzy y Anthony Hurtado bajo el título “El espejo de los mártires”
Setiembre del 2010, Lima-Perú
De este modo los mártires dieron testimonio y despreciaron la muerte, no según la debilidad de la carne, sino según lo que estaba dispuesto de su espíritu. Ireneo de Lyon (180 d.C.)
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Juan 6: 68-69

Juan 6: 68-69