PAQUISTÁN. Varios días de disturbios ocasionados por la acusación de haber profanado un Corán en Pakistán, culminaron con la muerte de siete cristianos, seis de ellos quemados.
Según Ikhlaq Hameed, de 22 años, quien logró escapar, la familia se había apiñado en la recámara, mientras una turba los insultaba. “Decían: ‘Si salen, los matamos’”. Entre los muertos hay dos niños, Musa, de seis años, y Umaya, de 13.
Más de 100 casas de cristianos fueron incendiadas y saqueadas el sábado pasado en disturbios que duraron ocho horas, provocados por una turba que según estimaron las autoridades fue de unas 20,000 personas. Además de los siete miembros de la familia Hameed que murieron, resultaron heridas alrededor de 20 personas.
Las autoridades, dijeron que la acusación que pesaba era haber declarado que el Corán era falaz y presentaron cargos penales ya tarde el domingo y por lo menos 12 personas fueron tomadas prisioneras. Funcionarios explicaron que el Sipah-e-Sohaba, un grupo extremista chiita proscrito, está entre los responsables de los ataques, la tercera convulsión violenta de turbas anticristianas en la región en las últimas cuatro semanas.
Es frecuente que se trate a los cristianos, que representan menos de cinco por ciento de la población, como ciudadanos de segunda clase en Pakistán, donde el islam es la religión oficial. De hecho, está constitucionalmente prohibido que un no musulmán sea presidente o primer ministro.
LOS MAS POBRES
Mientras que algunos cristianos ascienden para ser funcionarios gubernamentales o administrar negocios, los más pobres trabajan en los peores empleos del país, limpiando baños y barriendo calles.
Era la clase más pobre la que vivía en la Colonia Cristiana, un pequeño enclave de casas de ladrillo descubierto, donde la turba atacó el sábado. Sus habitantes trabajan como jornaleros y vendedores en el mercado, y es frecuente que ganen mucho menos del salario mínimo de $75 mensuales.
Los Hameed estaban desayunando cuando la turba les cayó encima, blandiendo armas, lanzando piedras y gritando insultos (”¡Perros!”, “¡Agentes estadounidenses!”) por la ventana. Al parecer, el ataque no era particularmente contra los Hameed, sino que tuvieron la desventura de vivir por donde entró la turba y estaban en la casa en ese momento.
Cuando el abuelo Hameed Pannun Khan de 75 años, pintor de casas, abrió la puerta para ver lo que estaba pasando, le dispararon en la sien y cayó al suelo. Entonces, la turba entró a empujones, y el resto de la familia –al menos 10 personas– huyó a la habitación del fondo y cerró la puerta por dentro. Escucharon cómo la turba saqueaba la casa arrastrando un refrigerador y un armario.
Después, apareció el humo, columnas gruesas y blancas, por debajo de la puerta. “Todo el mundo gritaba para escapar”, narró Umer Hameed, de 18 años. “No había oxígeno”.
Esperaron todo lo que pudieron, hasta que pensaron que era seguro, y entonces corrieron, pero no todos pudieron salir. Tres mujeres, los dos niños y un hombre quedaron atrapados cuando se derrumbó el techo.
Mientras corría, Ikhlaq Hameed miraba hacia atrás y vio a su tía. “Trató de salir pero la atrapó el fuego”, contó. “Tenía llamas en la cara”.
FALSA ACUSACIÓN
El alboroto comenzó el 22 de julio en un pueblo cercano, cuando se acusó a unos cristianos, en una boda, de quemar un Corán. Pocos en esta ciudad creyeron eso, y funcionarios estatales y federales que examinaron el caso dijeron que era una falsedad. No obstante, los mulás locales aprovecharon la noticia y presentaron una denuncia por blasfemia en contra de la familia.
Se ha criticado a la ley de la blasfemia en Pakistán por ser demasiado general, y muchos expertos en derecho dicen que se ha hecho muy mal uso de ella desde que el dictador militar, general Muhammad Zia ul-Haq, la introdujo en la década de los años 80. Cualquiera puede levantar cargos, lo que con frecuencia se usa para agitar el odio y justificar la violencia sectaria.
“La ley de la blasfemia se está usando para aterrorizar a las minorías en Pakistán”, dijo Shahbaz Bhatti, el ministro de asuntos de las minorías de Pakistán, en una entrevista en Gojra el domingo pasado.
Los atacantes en esta ciudad dejaron un rastro de quemazón y destrucción a su paso. La casa de los Hameed era un cascarón chamuscado, en el cuarto central había un montón de fierros retorcidos: ventiladores, bicicletas, juguetes de niños y una jaula que había albergado pericos. La cocina estaba vacía, excepto por una tetera y un diccionario de inglés medio quemado y abierto en la palabra “inmoral”.
Los cristianos de esta ciudad protestaron todo el domingo pasado, bloqueando las calles y negándose a enterrar a los Hameed hasta que las autoridades levantaran los cargos penales. Ya tarde el domingo, las autoridades lo hicieron, y se enterraron los cuerpos. Eso fue poco alivio para los Hameed.
“Ahora ya no tenemos nada”, dijo Ikhlaq, con ampollas en la mano y el brazo. “Nuestra familia. Nuestra casa. Ya no queremos seguir viviendo aquí”.
Fuente: Miami herald
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